1. El viaje sin regreso

Un hombre corpulento llega a caballo, jalando una mula con un lazo, hasta donde se encuentra su anciano padre, leyendo con mucho interés un libro; con el ceño fruncido y el gesto adusto, se baja del caballo y se para ante la vieja silla, donde todos los días se sienta el anciano a calentarse con el sol, presa de los achaques propios de su edad.

Al verlo el anciano con esa actitud determinante, se estremece; pero reaccionando de inmediato se adelanta a hablar primero y le dice en tono suplicante:

— Severiano, hijo, me gustaría que vieras lo que dice este libro que me regalaron hoy en la mañana

— No hay tiempo para eso, vengo por usted, súbase a la mula; le responde el hombre con voz imperativa y el rostro endurecido al tiempo que monta en su caballo

El anciano titubea un momento, pero luego obedece haciendo un gran esfuerzo por montarse, llevando en su mano el librito, ante la actitud indiferente de su hijo; y cuando al fin lo consigue, todavía jadeante y agitado vuelve a insistir:

— Es un libro que habla acerca de…

— ¡No me interesa! ¡Vámonos ya! Grita el hombre azotando su caballo y dando tamaño jalón a la mula, que había amarrado a la cabeza de la silla del caballo, que el anciano por poco se cae de su montura si no es que se agarra fuertemente de la silla justo a tiempo

Y así se van cabalgando muchas horas en silencio; el hombre lleva su mirada fija hacia adelante fumando cigarro tras cigarro, parece obsesionado en dar por terminado aquél gravoso asunto lo más pronto posible

Mientras el anciano atrás va ahogando sus sollozos y escondiendo el llanto; de vez en cuando abre el librito en la misma página que había leído antes y la repasa mentalmente; luego levanta la vista al cielo y cerrando los ojos con el rostro al firmamento, en voz baja va diciendo: Yo sé que estás allí, Señor, en alguna parte del universo, y que desde allí me ves y me escuchas; no te pido que me libres de la muerte, porque ya he vivido suficiente; solo te doy gracias porque aquí en tu Libro dices que el que cree en tu Hijo unigénito, recibe el perdón de sus pecados y además la Vida Eterna; yo he creído y te pido que también salves a mi hijo, Amén

Así transcurre todo el camino, y cuando ya están cerca del ocaso, sin detenerse el hombre, interroga al anciano:

— Papá, ¿No me pregunta a dónde vamos?

— No, hijo, yo ya sé a dónde vamos

— No lo creo, usted no puede saberlo

— Sí, hijo, lo sé

— Y ¿qué es lo que sabe?

— Que vamos al acantilado

— Pero ¿cómo es que lo sabe?

— Porque hace muchos años yo también traje aquí a mi padre y lo abandoné

— ¿Queeé? Responde Severiano deteniendo súbitamente la marcha

— Sí, es una maldición que pesa sobre nuestra familia desde hace muchas generaciones

— ¿Quiere decir que mi hijo me traerá también a mí?

— Así es, a menos que alguien rompa esa tradición

El hombre agacha la cabeza, mirando al suelo, pensativo, se ve indeciso; mientras el anciano cierra sus ojos y mentalmente ora a Dios diciendo: Sálvalo, Señor, sálvalo

Finalmente el hombre, sin decir una sola palabra, da vuelta a su caballo y vuelve atrás sobre sus pasos

El anciano entonces le dice: ¿Ahora sí me permites explicarte lo que dice este Libro?

De mala gana y sin detenerse el hombre le responde:

— Está bien, le escucho

— Dice que Jesucristo nos ha librado de la maldición de nuestros pecados

— ¿Queeé? Dónde dice eso? Responde el hombre deteniéndose súbitamente

— Aquí, mira, en este párrafo del Libro de Dios (Gál.3:13)

— Y ¿cuál es esa maldición?

— Es la sentencia que establece que la paga del pecado es la muerte eterna (Rom. 6:23)

— Y ¿cómo es que nos libró?

— Llevando él mismo nuestra maldición en su cuerpo, y sufriendo el castigo de nuestros pecados en la cruz

— Pero ¿por qué lo hizo?

— Porque nos ama y esa era la única manera de salvarnos

— Y ¿cómo podemos obtener esa Salvación?

— Recibiéndolo a él como nuestro único Salvador, y él se encarga de lo demás

— ¿Cree usted que yo, siendo tan malo, pueda alcanzar el perdón de Dios?

— Por supuesto que sí, él te ama y te quiere salvar

El hombre inclina la cabeza con los ojos humedecidos de lágrimas, y dejando caer el cigarrillo de su boca, dice:

— Yo quiero recibirlo, quiero que él sea mi Salvador

— Pues pídeselo de rodillas, si quieres yo te acompaño

El rostro del hombre se ilumina y por primera vez sonríe al decir:

— Sí, vamos a pedírselo

Y bajándose de sus cabalgaduras, se arrodillan, y cerrando sus ojos, el hombre ora diciendo: Señor Jesucristo, te pido que me perdones todos mis pecados, me arrepiento de todo lo malo que he hecho, acéptame como tu hijo, yo te acepto a ti como mi único Señor y Salvador, Amén

Mientras tanto el anciano ora diciendo: Ahora despide Señor a tu siervo, y muera en paz, porque han visto mis ojos la Salvación que nos has dado a mí y a mi hijo, bendito sea tu nombre para siempre, Amén. (Luc.2:29-32)

El hombre entonces se levanta esperando que su padre también lo haga; pero como no se mueve, cree que se ha quedado dormido por el cansancio y va a moverlo con el fin de despertarlo, diciéndole: Papá, ya vámonos, papá, ¿Por qué no me contesta? ¡Dios mío, está muerto! Ha muerto por culpa mía, yo soy el culpable por obligarlo a hacer este viaje tan pesado, yo lo maté; perdóneme papá, perdóneme

Y después de llorar un largo rato sosteniéndolo recostado en sus piernas, observa el rostro inerte de su padre que esboza una leve sonrisa; él entonces se tranquiliza pensando: oh, papá ha muerto, pero se ve feliz, parece que estuviera dormido; sí, eso es, está dormido en los brazos amorosos de Jesús, se ha ido al cielo primero que yo, bendito sea Dios

Luego se dispone a sepultarlo, pero ya no hay tristeza, ni llanto, ni sentimiento de culpa, porque él ve más allá de la muerte; y al terminar se despide de él, diciendo: Adiós papá, nos veremos en el cielo en el día final

Después se va cabalgando cuando los últimos rayos del sol forman un hermoso crepúsculo en el horizonte; y con su vista fija en el cielo, y abrazando el Libro de su padre con cariño, va diciendo: Gracias Señor, porque cambiaste nuestra maldición en bendición, y nos has dado Vida eterna en Jesucristo, Amén.

DIOS LE BENDIGA.

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