Luisito

Luisito es un niño que tiene apenas 8 años de edad; él se dedica a la mendicidad, pues desde que su mamá murió, su papá siempre está borracho, y lo manda a pedir limosna.

Luisito siempre obedece; pero esta vez ha estado lloviznando todo el día, y no ha conseguido obtener ni una sola moneda.

Luisito teme regresar a casa, pues su papá se enoja mucho y lo golpea cuando lleva pocas monedas y teme que si no lleva ninguna, su padre se enojaría más y lo golpearía más.

Ya se hizo de noche y la llovizna no cesa; él sigue caminando y pidiendo limosna, pero nadie le da.

Se sigue haciendo más de noche, los comercios empiezan a cerrar, y la gente poco a poco empieza a retirarse a sus casas. 

Unas horas después ya todos los Comercios han cerrado, la mayoría de los focos se han apagado, solo quedan unos cuantos focos en algunos postes, alumbrando débilmente la acera, ya no hay gente en la calle.

Ya es muy noche y la llovizna no se quita; Luisito sigue caminando lentamente en la penumbra de las lodosas calles, evitando los charcos de agua sucia y tratando de protegerse de la pertinaz llovizna. 

Finalmente se detiene en la banqueta junto a una casa que tiene marquesina, y allí permanece de pie protegiéndose de la llovizna.

Unas horas después, la llovizna cesó completamente, y Luisito, cansado de estar todo el día de pie, decide sentarse en la banqueta recargado en la pared, se acurruca bien, pues su ropa está húmeda, y sus viejos zapatos están mojados. Poco a poco y cada vez más, a medida que avanza la noche, hace más frío; Luisito solo tiene un viejo sweater que lo cubre. 

Poco a poco se va quedando dormido, hasta que se duerme completamente, y sin darse cuenta, se acuesta en la banqueta junto a la pared.

Cuando amanece, lo despiertan abruptamente, porque allí, en esa calle, se instala un tianguis, y le dicen que se quite, porque está estorbando para poner la mercancía. 

Luisito se levanta rápidamente y echa a andar lentamente sin rumbo fijo; tiene mucho frío, y cuando por fin sale el sol, él se expone a los rayos solares para calentarse.

Al llegar el mediodía Luisito ya tiene hambre, y pide limosna, pero nadie le da; de pronto encuentra unas cáscaras de plátano tiradas en el suelo y las levanta, las limpia un poco y se las come; pero no es suficiente, él tiene mucha hambre.

Más adelante encuentra un puesto de jugos de naranja, y le pide al señor del puesto que si le regala unas cáscaras de naranja de las que están en el cesto de basura; el hombre, de mala gana le responde: Agárralas.

Luisito se apresura a sacar unas cáscaras y las chupa por dentro; pero el hambre persiste; el sigue caminando.

Más tarde, cuando se acaba la venta del tianguis, los tianguistas llevan la basura a un solo lugar; Luisito ve que en la basura hay algunas frutas podridas, levanta algunas de ellas y se las come.

Así pasan muchos días, Luisito sigue mendigando, unas veces le dan limosna y otras no.

Una noche que Luisito iba caminando lentamente con unos papeles periódicos bajo el brazo, buscando una casa que tuviera marquesina para quedarse a dormir, encuentra un portal muy amplio y muy bonito, se ve que la casa es muy grande y muy lujosa.

Luisito no acostumbra a quedarse en los portales de las casas, porque una vez que lo hizo, fue despertado abruptamente por los fuertes toquidos de un claxon; eran los dueños de la casa que llegaron a medianoche y le gritaron: ¡Hey, tú! Quítate de allí que estás estorbando, vete a echar pulgas a otra parte.

Luisito se levantó rápidamente, sobresaltado, y apenas logró quitarse de allí antes de que el carro lo arrollará al entrar a la casa; y todavía le gritaron: si vuelves a acostarte aquí, te aventamos el carro encima, chamaco vago.

Pero esta vez ya era muy noche y estaba lloviznando. Luisito pensó que aunque no se durmiera allí, por lo menos estaría un rato a protegerse de la llovizna, del viento y del frío; y estaría despierto, por si llegaban los dueños de la casa; si así fuera, él se quitaría rápidamente.

Luisito entró al portal y estuvo de pie un buen rato. luego, ya más noche decidió sentarse un rato en el suelo recargado en el zaguán, cubriéndose con los periódicos que traía; y sin darse cuenta se quedó dormido y se acostó en el suelo.

Al amanecer, no se dio cuenta de que el zaguán comenzó a abrirse lentamente hacia adentro, porque iba a salir un lujoso auto en cuyo asiento trasero viajaba un niño rubio como de 10 años, que era llevado al Colegio.

El chofer toca el claxon, y Luisito despierta sobresaltado, y rápidamente se levanta y se quita para que el auto pase. El auto avanza lentamente, y el niño que va a bordo ve a Luisito con curiosidad, y baja el cristal de su ventanilla y le dice: Hola.

Luisito le responde tímidamente: Hola

Al darse cuenta el chofer de ese breve diálogo, detiene el auto momentáneamente.

El niño del auto le pregunta a Luisito. ¿Por qué estabas acostado allí?

Luisito, pensando que el niño del auto le estaba reclamando, respondió tímidamente:

No pensé en acostarme, solamente pensé en sentarme, y en estar despierto toda la noche hasta que amaneciera; pero sin darme cuenta, me quedé dormido, y me acosté; pero no lo  volveré a hacer, lo prometo.

¿No tienes casa?

… pues … no …

¿Y no tienes familia?

… no …

El chofer le dice al niño del auto: Señorito, le recuerdo que ya es muy tarde, y apenas nos da tiempo de llegar al Colegio.

Espera, dice el niño del auto, y nuevamente se dirige a Luisito, diciéndole:

Si no tienes casa, ni familia, puedes quedarte aquí en el portal todas las noches.

Luisito responde sorprendido:

… gracias …

Nos vemos, adiós.

… adiós …

El auto arranca velozmente, mientras el zaguán se cierra lentamente.

Luisito levanta el papel periódico que había traído para cubrirse y que hizo a un lado para que el auto pasara, y se va; pero esta vez ya no va triste, pues por primera vez, desde que su mamá murió, alguien le habla con amabilidad: Aquél niño del auto.

Se fue contento a pedir limosna, y cuando se hizo de noche, se fue otra vez  al portal de aquella casa donde ya tenía permiso de acostarse a dormir.

Tendió unos papeles, se acostó, se cubrió con otros papeles y se durmió.

Esta vez despertó temprano, recogió todo y esperó a que saliera nuevamente el auto en el que viajaba el niño que le dio permiso de dormir allí.

Y así fue; a la misma hora del día anterior, el zaguán se abre y sale el auto.

Al pasar el niño del auto cerca de Luisito, baja el cristal de su ventanilla y le dice: Hola.

Y Luisito responde contento: Hola.

¿Dormiste aquí?

Sí.

¿Cómo te llamas?

Mi papá me llamaba Güicho, y mi mamá me llamaba Luisito.

¿Y dónde están tus papás?

Mamá murió, y papá está en casa, pero siempre está borracho y nos golpeaba a mamá y a mí; por eso escapé.

¿Y qué haces para comer? ¿Dónde comes?

Pido limosna, y como en la calle.

Ten, te regalo esta moneda.

¿Es todo para mí?

Sí, y te daré una diariamente.

… gracias … y tú ¿Cómo te llamas?

Mi nombre es Emmanuel, pero todos me llaman Emmy; adiós Luisito.

Adiós Emmy.

El auto arranca velozmente, y Luisito emprende su rutina diaria muy contento.

Al llegar la noche, otra vez Luisito se va al portal de la mansión, tiende los periódicos que lleva y se acuesta; pero esta vez está lloviendo mucho.

A los pocos minutos se abre la puerta lateral del zaguán que es para que entren y salgan las personas y aparece Emmy, diciendo: Luisito, les pedí permiso a mis papás de que te quedes dentro del portal, en lugar de que te quedes afuera, para que no te mojes, entra aquí puedes acostarte mira.

Está bien, gracias.

Buenas noches, Luisito.

Buenas noches, Emmy.

Al día siguiente, Luisito se levanta temprano, y cuando llega el auto para salir, él ya está preparado, y cuando sale el auto, él también sale, saludándose los niños mutuamente.

A la siguiente noche, aunque no llueve, Emmy invita a Luisito otra vez a entrar, y esta vez le trae una cobija, y le dice:

Ten esta cobija, Luisito, para que no pases frío, y en la mañana, cuanto te levantes, la doblas, y la pones aquí, en este lugarcito.

Está bien, Emmy, gracias.

A la siguiente noche le lleva otra cobija, ahora ya tiene 2; pero lo que es más importante para Luisito es que ahora siente que tiene un Amigo, un gran Amigo. 

Así pasan muchos días.

Pero en una ocasión que Emmy va a abrir la puerta a Luisito para que entre a dormir, como todas las noches, resulta que Luisito no está en el portal, y aunque Emmy lo espera mucho, Luisito no llega.

Muy preocupado Emmy por Luisito va a despertar al chofer para que lo lleve en el auto a buscar a Luisito por todas las calles de la Ciudad.

Dos horas después lo encuentra en el callejón de un arrabal, está caído en el suelo, desmayado, como muerto, empapado y mojándose con la tenue llovizna que cae, se ve muy lastimado, parece que lo han golpeado salvajemente.

Rápidamente lo suben al auto y lo llevan a un hospital para que lo curen. Después lo llevan a casa.

Emmy pide permiso a sus padres para alojar a Luisito en el cuarto de servicio que actualmente está desocupado, y ellos se lo permitieron.

Finalmente, a muy altas horas de la noche todos se van a dormir.

Muy temprano Luisito despierta e intenta levantarse, pero no puede hacerlo; en ese momento entra Emmy y le dice: ¡No te levantes! Estás muy lastimado, ¿Qué te pasó?

Unos chavos me asaltaron para quitarme las monedas que traía, y me golpearon; ahora tendré que cambiar de zona.

Ya no irás, hable con mis papás, y ellos permitieron que vivas aquí en este cuarto de servicio que era del Encargado de Mantenimiento, pero que ya no trabaja aquí, y podrás ayudar en la limpieza y el mantenimiento de la casa; ¿Qué te parece?

Me apena mucho darte tantas molestias, Emmy.

No te preocupes, Luisito, por ahora descansa; mira, te traje algo para que desayunes.

Gracias. Emmy.

Ya me voy al colegio, vengo más tarde, adiós.

Está bien, adiós.

Luisito desayuna como nunca, y luego se queda dormido.

A medio día despierta, y aunque todavía está muy adolorido, se levanta y sale de su habitación, ve el gran patio y jardín de la mansión y se queda estupefacto, nunca lo había visto bien, es enorme y hermoso, hay muchos árboles y flores en los prados, no se ve nadie a la vista.

Al ver muchas hojas de los árboles, caídas en los amplios andadores y en los prados, piensa que es el momento de comenzar a trabajar en esa casa donde le dan alojamiento; busca una escoba, y al encontrarla comienza a barrer.

Una hora después se abre el zaguán y entra el auto donde viajaba Emmy.

Al bajar Emmy del auto va a saludar a Luisito diciéndole:

Luisito, tú estás enfermo, ¿Por qué te levantas?

Ya me siento mejor, tenía ganas de hacer algo y me puse a barrer.

Bueno, si ya te sientes mejor, está bien; voy a llegar a casa y ahorita vengo; te traeré algo de comer.

Sí, Emmy, gracias.

Así pasaron los días, los meses y los años; 10 años; los niños crecieron, Luisito se encargó definitivamente de la limpieza y el mantenimiento de la mansión y todavía se daba tiempo para ir a la Escuela.

Los padres de Emmy insistieron mucho en pagarle un sueldo, pero Luisito nunca quiso aceptarlo: él siempre respondía que para él era más que suficiente el hecho de que allí le habían abierto las puertas de su hogar, dándole un empleo, y además un lugar para vivir.

Los padres de Emmy lo recompensaban invitándolo ocasionalmente a comer a su mesa, le compraban ropa, zapatos y eventualmente algún regalo; y cuando iban de paseo, invariablemente lo llevaban con ellos.

Emmy y Luisito se hicieron grandes amigos.

Ha llegado el día de la graduación de Emmy en el Colegio, y en casa se hace una gran Fiesta en honor de él; y cuando le piden a Emmy que pronuncie unas palabras. él toma el micrófono y dice:

Papá, mamá, amigos y amigas, y a toda esta distinguida concurrencia; primeramente quiero decirles a todos que les agradezco infinitamente su presencia en este lugar.

Y en esta ocasión quiero presentarles a un joven que, desde que éramos niños, ha sido siempre un gran amigo para mí, se trata de mi amigo Luis, a quien le pido que suba aquí al estrado para que lo conozcan; y a todos ustedes les pido un fuerte aplauso para él; sube acá Luis.

Sí, Emmy, gracias.

Luis sube al estrado, mientras todos aplauden, y Emmy, al micrófono dice:

Amigo Luis, en este día memorable quiero darte una noticia en presencia de mis padres y de toda esta distinguida concurrencia que nos acompaña:

He hablado con mis padres acerca de ti, y ellos están de acuerdo en que yo te adopté a ti como mi hermano menor; por supuesto que todo esto, en caso de que tú estés de acuerdo, ¿Qué respondes, amigo Luis? Le pregunta Emmy a Luis ofreciéndole el micrófono.

Luis está estupefacto, y se queda mudo momentáneamente por la sorpresa; pues esto es algo que él no se lo esperaba; y cuando al fin logra sobreponerse recibe el micrófono y dice:

Señor, Señora, Emmanuel; la Adopción que ustedes generosamente me ofrecen, es para mí un honor demasiado grande como para que yo lo pueda aceptar; ya que ustedes son para mí las personas más maravillosas que he conocido; y yo, en cambio, soy una persona que no valgo nada; pues llegué a esta casa estando en la miseria, sin familia, sin amigos y sin nada; y además enfermo.

Si tengo vida es porque Emmy me rescató estando yo moribundo en plena calle, herido y con calentura a medianoche bajo la lluvia.

Él me buscó, me encontró y me llevó a curar, y luego me trajo aquí, a su casa a vivir.

Pero al mismo tiempo Señor, Señora, Emmanuel; la adopción que ustedes bondadosamente me ofrecen, es para mí algo demasiado grande como para que yo lo pueda rechazar; ya que aquí, en este hogar, con ustedes, he encontrado lo que ni siquiera con mis propios padres tuve: el amor, el cariño y la comprensión que ustedes me han brindado.

Por lo tanto, aunque sé perfectamente que no lo merezco, quiero decirles que lo acepto de todo corazón, arrodillado ante ustedes, agradecido profundamente y llorando de gratitud; muchas gracias, Papá, Mamá, Hermano mío Emmanuel, los quiero mucho, los amo, gracias, gracias, gracias.

Luis entrega el micrófono a Emmanuel, y se arrodilla ante ellos tres llorando de gratitud.

Ellos tres lo levantan y lo abrazan en señal de amor Paternal, Maternal y Fraternal.

Emmanuel habla por el micrófono, y dice: Bienvenido hermano Luis a la familia; !Un aplauso para Luis!

Los concurrentes aplauden prolongadamente diciendo; FELICIDADES A TODA LA FAMILIA.

Luego, Emmanuel dice a Voz alta: ¡QUE SIGA LA FIESTA!.

Recuerda ¡Cristo te ama!

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