29. La Perla de Gran Precio

Cuando el Señor vino a mi vida, y yo le recibí me dijo estas palabras: Ahora que eres mi hijo, quiero hacerte un regalo; pide lo que quieras; y yo te lo daré; y yo le dije: Señor, yo quiero ser predicador; dame permiso de ir a predicar tu Evangelio.

– ¿Eso es todo?

–  Sí, Señor, eso es todo.

– Está bien; ve.

De inmediato puse manos a la obra, y me fui a predicar el Evangelio; pero regresé muy triste y abatido, pues no obtuve ningún resultado positivo.

Entonces oré al Señor y le dije: Señor, no he logrado que me escuchen, necesito poder; Señor, dame poder.

Pero el Señor me dijo: ¿Y para qué quieres poder si no tienes sabiduría? ¿De qué sirve el poder a los que lo tienen, si carecen de entendimiento? Acuérdate de Sansón, que tuvo poder como ninguno, pero le faltó Sabiduría.

Y yo le dije: ¿Y para qué quiero Sabiduría, si no tengo poder? Yo lo que necesito es poder, no sabiduría; Señor, dame poder. Y el Señor me dió poder.

Entonces fui con el poder de Dios y destruí toda mentira de los engañadores: derribé la idolatría de los idólatras, arruiné la fe equivocada de los insensatos y arranqué de raíz toda cizaña y toda herejía.

Mas todo eso fue destructivo, porque al hombre le quitaba su religión, pero no le daba nada mejor, como a un inválido a quien se le quitan las muletas dejándolo imposibilitado, peor que antes; y allí quedaron, destruidos espiritualmente, y hasta moralmente.

Al ver ese cuadro desolador me asusté de mi obra; tenía poder, pero no sabía usarlo.

Entonces oré nuevamente al Señor, y le dije: Señor, es cierto, necesito sabiduría, Señor, dame sabiduría.

– Pero, ¿para qué quieres sabiduría si no tienes amor? ¿De qué sirve la sabiduría a los que la tienen, si carecen de amor? Acuérdate de Salomón, que tuvo sabiduría como ninguno, pero le faltó amor.

Y yo le dije: ¿Y para qué quiero amor si no tengo sabiduría? Yo lo que necesito es sabiduría, no amor, Señor dame Sabiduría, y el Señor me dio Sabiduría.

Entonces fui con mi sabiduría y levanté a todos aquellos a quienes antes había destruido; me las ingenié para darles todo lo que necesitaban, los hice creer en mí, les dije que yo hablaba lenguas angelicales, a los que les había quitado sus muletas, les di otras mejores, talladas en cedro; a los sordos les conseguí unos aparatos auditivos importados, les enseñe una religión muy bonita; ahora todos ellos confiaban en mí, inconscientemente me había convertido en un dios para ellos, no había pera ellos hombre más sabio ni entendido que yo, todos me seguían, me apoyaban y me respetaban.

Sin embargo, faltaba algo, pero yo no sabía qué era, todos actuaban normalmente, cumplían aparentemente todo lo que yo les decía, había una reverencia absoluta, ya no tenía yo nada más qué enseñarles, era una organización perfecta, impecable.

No obstante, los veía yo como autómatas, como un ejército de robots, todos ellos bien sincronizados con mi sabiduría, pero vacíos interiormente, algo les faltaba, más no lograba entenderlo.

Entonces oré nuevamente al Señor, diciéndole: Señor; aquí hace falta algo; ¿Qué es, Señor?

– Como te dije antes: necesitas amor; sin él aparentemente vives, pero estás muerto, como todos éstos que te siguen, y en ti confían; en tu autoridad, y en tu sabiduría; pero el que tiene amor, lo tiene todo; porque el amor es el Supremo bien, y la fuente de todas las virtudes.

Entonces dije: Señor, dame ese amor.

Y él me dijo: ¿Estás seguro de que quieres amor?

– Si, Señor, estoy seguro.

– Bien ¿pero sabes exactamente lo que es el amor?

– pues … no exactamente.

– ¿Cómo demostrarías el amor?

– pues … ¿hablando en lenguas?

– Si tú hablares lenguas humanas o angélicas y no tienes amor, vienes siendo como metal que resuena o címbalo que retiñe.

– Entonces, ¿Estudiando la Biblia y teniendo fe?

– Si entendieses todos los misterios y toda ciencia, y si tuvieses toda la fe, de tal manera que traspasases los montes, y no tienes amor, nada eres.

– ¿Y si doy limosna a los pobres…?

– Si repartieses toda tu hacienda para dar de comer a pobres, y si entregases tu cuerpo para ser quemado, y no tienes amor, de nada te sirve.

– Entonces ¿Qué es el amor?

– El amor es ser sufrido, ser benigno, no tener envidia, no hacer sinrazón, no ensancharse, no ser injurioso, el amor no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal; no se huelga de la injusticia, más se huelga de la verdad, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta; el amor nunca deja de ser.

– huy, creo que todo eso está muy difícil.

– no soló difícil, sino imposible para la naturaleza humana; pero para Dios, todo es posible.

– de todos modos, Señor, yo quiero amor.

– muy bien, a propósito, ¿Podrías prestarle tu reloj a uno de tus hermanos?

– ¿mi reloj? Y qué tal si me lo descomponen, es muy fino, ¿Sabes cuánto me costó?

– Sí, lo sé, por eso te lo digo, porque eso es el amor; no sólo prestar sino aún dar. 

– está bien, pero por favor que no me lo vayan a descomponer, aquí está.

– ah, también voy a necesitar tu grabadora.

– ¿mi grabadora? ¿te refieres a la nueva o a la vieja?

– a la nueva, porque la otra ya no sirve.

– pero, Señor, esa la compré exclusivamente para mí ¿Recuerdas lo que le pasó a la otra por andarla prestando?

 sí, lo recuerdo, por eso te lo digo, porque en eso consiste el amor: en dar lo mejor a los demás y quedarse con lo peor.

– Okey, Okey, ahí está, ¿ahora sí me puedes dar amor?

– sí, sólo una cosa más quiero pedirte: tu automóvil, lo voy a necesitar para uno de mis hijos.

– mi queeé? Eso si que no, de plano, Señor, me quieres dejar sin nada; tú sabes cuanto lo quiero, lo cuido como a un hijo, lo lavo, le pongo refacciones originales, ¿y todo para que otro venga y me lo choque? Eso sí que no.

– ¿Entonces no quieres amor?

– a ese precio no.

– pues entonces no hay trato.

– ¿Entonces no me vas a dar amor?

– Sí te lo quiero dar, pero tu egoísmo te impide recibirlo; cierras tu corazón para no perder tus pertenencias, pero tampoco puede entrar el amor; el amor es muy grande, y necesita puerta abierta, completamente abierta, y ultimadamente ¿De quién es el Automóvil?

– pues…, mío, Señor.

– ¿Y quién te dio el dinero para comprarlo?

– pues…., tú, Señor.

– entonces ¿de quién es?

– pues … tuyo…Señor.

– Entonces ¿me lo puedes prestar?

– oh, Señor, ¿Por qué me pides prestado lo que es tuyo? perdóname, Señor, y quita mi egoísmo;

Ahora comprendo todo: no sólo mis cosas con tuyas, sino todo es tuyo, aún mi vida te pertenece, pues tú la compraste con la sangre preciosa de tu Hijo Jesús; está en tus manos, úsala como tú quieras para beneficio de los demás, amén, Señor, gracias.

Ahora perdí todo, pero ya tengo amor; cambié todos mis tesoros cuando encontré esta perla de gran precio, que es el amor, y la adquirí; el Señor me dio amor, y ahora soy completamente feliz, y no solamente yo, sino aún todos los que me rodean también tienen amor y son felices, porque el amor es divino, hermoso y santo; el amor lo llena todo de luz, de alegría y de paz, porque Dios es amor, y el que tiene Amor, tiene a Dios.  

Dios le bendiga.

Recuerda ¡Cristo te ama!

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