Son las doce de la noche, todos duermen, mis seis compañeros y yo nos dirigimos a donde se guardan los tesoros de nuestro amo, que más que amo es un Padre para nosotros, y la ama, y no se diga su hijo Emmanuel, es un gran amigo, como un hermano.
Pero ya decidimos irnos de aquí; la puerta está abierta, nunca la cierran, todos los que vivimos aquí somos considerados de confianza, como una familia, ¡Cuántos tesoros! llevaremos suficiente para disfrutar de todos los placeres de la vida.
Salimos sigilosamente, llegamos al río que siempre está infestado de cocodrilos y abordamos una de las lanchas de motor; pero… ¿qué veo? alguien dio el aviso, vienen muchos, Emmanuel viene al frente de ellos gritando, pero no entendemos lo que dice, parece decir: “esperen, esa no”; posiblemente quiere aprehendernos, vámonos rápido.
Ahora lo vemos subir a otra lancha de motor y nos viene siguiendo y gritando, sólo le oímos decir: “esperen, esa no sirve”.
Como nosotros somos siete en la lancha y él ‘nomas’ uno, rápidamente nos alcanza, pero al verlo aproximarse le gritamos: “¡detente o disparamos!, y como no se detiene todos disparamos: no obstante, nos alcanza y cuando vamos a disparar otra vez, le oímos decir; “esa lancha no sirve, suban a ésta”.
Hasta entonces nos damos cuenta de que hay mucha agua en la lancha; rápidamente nos pasamos a la otra, mientras la nuestra se hunde y es destrozada por los caimanes.
Hasta ahora comprendemos que lo que quería Emmanuel no era aprehendernos, sino salvarnos la vida; pero ahora esta caído, bañado en sangre, nosotros ya no tenemos aprestos para huir, estamos anonadados, llenos de estupor.
Vienen muchas lanchas, adelante viene el amo y presto sube a nuestra lancha con la esperanza de que aquello no fuera nada grave; pero encuentra a Emmanuel tirado en un charco de sangre y exclama: “Emmanuel, hijo mío”.
Emmanuel todavía respira, débilmente abre los ojos y dice: “Padre mío…Padre…perdónalos… son mis hermanos; – si hijo mío, están perdonados; Emmanuel entonces cierra sus ojos para no volverlos a abrir y expira en los brazos de su padre que llora abundantemente.
La luna que nos alumbraba se cubrió de nube, las estrellas ya no se ven, el viento helado azota nuestras mejillas, comienza a lloviznar.
Nosotros estamos aquí parados, todos los demás están en las lanchas alrededor de nosotros, nadie se atreve a romper aquel silencio, creo que todos estamos llorando; nosotros más pues somos los culpables de ésta gran tragedia.
Seguramente nuestro amo nos mandará matar, por ladrones primeramente y por asesinos también; pues matamos a su propio hijo, a su único hijo, cuánto le amaba, todos le amábamos y él nos amaba mucho; todavía no comprendo por qué le disparamos, él no llevaba arma alguna.
Sí, nos van a matar, pero ni muriendo mil veces podríamos pagar aquél horrible crimen, él nunca nos hizo daño, ni siquiera un regaño, era todo amor, y ahora yace en los brazos de su padre, bañado en sangre y en las lágrimas paternales de aquel Padre que nos dio todo y nosotros en cambio le quitamos a su hijo, le arrancamos lo que más quería.
Alguien enganchó nuestra lancha de otra y nos llevó hasta el muelle, nadie se mueve, sigue lloviznando.
Por fin el amo se mueve y levanta el cuerpo inerte de su hijo, todos van detrás de él, ya nadie nos vigila, nosotros vamos atrás de todos, cabizbajos.
Al llegar a la casa, sale la ama inquiriendo ansiosamente: “¿quién es? ¿qué pasó?” – nuestro hijo, esposa mía, ha muerto – ¡Nooo! Emmanuel, hijo mío, ¿por qué, por qué?
Ahora entran todos menos nosotros, no nos sentimos dignos de cobijarnos bajo aquél mismo techo donde por último estaba nuestro amado Emmanuel.
Y aquí estamos afuera, sentados en el frío de la noche, esperando el momento de ser ejecutados, todo está en silencio, sólo se oyen leves sollozos, en ratos dormitamos de tristeza, y en una de éstas veces ya solamente somos tres, ¿dónde estarán los otros cuatro? quién sabe, posiblemente huyeron, nosotros no tenemos ánimo de escapar.
A veces pienso, ¿Emmanuel, no sería un error de tu parte, el haberte encariñado tanto con nosotros? dando tu vida por nosotros, como si valiéramos tanto, miserables esclavos; pero tu actitud me hace entender que el amor no es un error, sino el más puro y noble de todos los sentimientos.
Por fin amanece, ya no llueve, pero todo sigue en silencio, llega el medio día, llega la tarde y empieza a salir un cortejo fúnebre, nosotros nos ponemos de pie, salen cuatro cargando un ataúd, atrás van el amo y la ama, y muchos más, atrás; nosotros nos unimos a la procesión hasta atrás.
Llegamos al jardín junto al cerro que está atrás de la mansión, allí en la cueva introducen el ataúd mientras algunos cantan con gran melancolía, los amos están allí sobre el féretro llorando silenciosamente, despidiéndose del hijo que era la alegría de sus vidas.
El sol se ocultó presto, el cielo se nubló, empieza a hacer frío y a lloviznar, pero ninguno se mueve, ya se hizo de noche.
Al fin se levanta el amo y delicadamente levanta a su esposa – vámonos ya – le dice, ella obedece y se levanta, emprenden el camino de regreso mientras unos ponen una enorme piedra a la entrada de la cueva.
Al pasar junto a nosotros nos ven los amos, nos estremecemos, sólo esperamos oír de sus labios:
¡malditos asesinos! ¡mátenlos!, pero en lugar de eso el amo nos toma de la mano y nos dice: entrad hijos míos, aquí hace frio
– Pero nosotros somos dignos de muerte
– No, hijos míos, ¿para qué quiero más muertes? Si mi hijo quería que ustedes vivieran, vivirán, si él los perdonó, yo los perdono, si los quería como hermanos, ustedes serán mis hijos.
Así nos dice mientras entramos a la mansión; y aquí estamos ahora tristes como todos
Han pasado ya tres días y luego nos invitan a sentarnos a la mesa, sólo hay uno sirviendo la mesa, y al terminar se sienta a la diestra del amo y nos dice: Comed, amigos, bebed, amados; este pan es mi cuerpo que por vosotros fue herido y este vino es mi sangre, que por vosotros fue derramada.
¡¡¡Emmanuel!!! exclamamos todos – Sí, yo soy
El amo entonces nos dice: Comamos y bebamos y hagamos fiesta, porque éste mi hijo muerto era y ha revivido, habíase perdido y es hallado.
Tú que estás leyendo esta historia, recuerda que tú también eres culpable de la muerte de Cristo-Emmanuel, con nuestra mala conducta lo obligamos a exponer su vida; pero ya estamos perdonados; él te ama y te manda llamar, tiene un reino para ti, ven a Cristo-Emmanuel, te está esperando.
DIOS TE BENDIGA.



